Una antigua escuela superior existente en Zaragoza
desde el siglo XII, creada y dotada por la iglesia
local, modesto estudio de artes donde se enseñaba
Gramática y Filosofía y que concedía
títulos de bachiller, fue elevada a la categoría
de "universitas magistrorum", al estilo
de la Universidad de París, a solicitud del
príncipe Fernando el Católico, entonces
rey de Sicilia, por disposición del pontífice
Sixto IV, el 13 de diciembre de 1474 y que ratificaba
el mismo pontífice el 1de diciembre de 1476,
y el rey Juan II de Aragón el 25 de enero
de 1477.
El cabildo eclesiástico de Zaragoza y los
jurados de la ciudad fueron los promotores de este
Estudio General zaragozano autorizado para conferir
grados de bachiller, licenciado y maestro en artes.
El cabildo designó a Pedro Arbués
y la ciudad a Pedro la Cabra el joven, éste
titulado en Artes y Medicina y designado para maestro
mayor o rector del antiguo estudio, y encargándoles
la redacción de unos primeros estatutos.
La nueva Universidad gozaría de los mismos
derechos que las de París y de Lérida.
Y para evitar roces entre el cabildo y el rector
La Cabra, se nombró a éste vicecanciller,
dejando la cancillería al propio arzobispo
de Zaragoza. Pero variadas circunstancias demoraron
la apertura efectiva del nuevo Estudio General y
el 10 de septiembre de 1542, Carlos I, a instancias
de los síndicos de Zaragoza, firmaba en las
Cortes de Monzón un privilegio que elevaba
aquel estudio de artes ya creado al rango de Universidad
general de todas las ciencias: en él se cursarían
estudios de Teología, Derechos canónico
y civil, Medicina y Filosofía.
El documento original lo conserva el Ayuntamiento
de Zaragoza; y este rango universitario del viejo
estudio se confirmaba por la autoridad pontificia
un decenio después, cuando Julio III extendía
una bula el 6 de marzo de 1554, confirmada por Paulo
IV el 28 de abril de 1555.
Pero este nacimiento jurídico precedió
en una treintena de años al efectivo funcionamiento
de la Universidad zaragozana: diferencias entre
el arzobispo y el cabildo sobre el nombramiento
de rector, reclamaciones de la Universidad y ciudad
de Huesca, que culminaban en 1572 contra esta fundación
zaragozana, y la dificultad en alumbrar rentas para
dotar la nueva Universidad por parte de la Diputación
permanente del Reino de Aragón y del Ayuntamiento
zaragozano, demoraron la inauguración de
la docencia hasta el día 3 de septiembre
de 1582, en el que Pedro Cerbuna, prior de S. Salvador
de Zaragoza -mas tarde obispo de Tarazona-, aportaba
los medios económicos necesarios para reparar
y acondicionar el edificio del viejo estudio (del
que se respetó la antigua capilla, llamada
del Crucifijo, que databa de principios del siglo
XV), al que se dotó de teatro, de amplios
claustros y de una buena biblioteca, amén
de la dotación de las primeras cátedras.
Realizadas estas obras, redactados unos estatutos
y contratados los profesores encargados de las enseñanzas,
Cerbuna obtenía el 20 de mayo de 1583 de
los jurados de la ciudad la aprobación definitiva
de sus gestiones y se nombraba a Juan Marco, arcediano
de Daroca en el cabildo de La Seo, primer rector.
Zaragoza, que había soslayado la intervención
de Felipe II en esta dificultosa fundación,
dará ahora cuenta al monarca de los hechos
consumados, originándose en la corte una
gran ofensiva contra la nueva Universidad, especialmente
por parte de la de Huesca; pero fray Jerónimo
Xavierre, prior del convento de Predicadores de
Zaragoza, más tarde cardenal, pronunciaba
la primera lección o discurso de apertura
de los estudios zaragozanos un 24 de mayo de 1583
e iniciaba una incansable defensa de nueva Universidad
cerca del rey.
Cuando se superaron aquellas dificultades políticas
se promulgaron nuevos estatutos universitarios en
1587 y 1597; por entonces ya estaban dotadas 26
cátedras y Zaragoza gestionaba cerca de Felipe
III la sanción oficial a la Universidad,
quien en 1599 daba su beneplácito y participaba
personalmente en la colación de un grado
de licenciado: había terminado la oposición
oficial de la corte. Así nace la Universidad
de Zaragoza, basada en el modelo de la de París,
formada por un claustro de profesores agrupados
en Facultades y constituyentes de una corporación
autónoma a la que el fundador Pedro Cerbuna
había confiado por estatutos todas las atribuciones.
Pero ya en 1618 unos nuevos estatutos muy sencillos
y precisos dieron intervención en la Universidad
al Concejo de la ciudad, constituyendo esto una
característica al dar mando predominante
al municipio; no menos típica será
la autorización a los estudiantes de no usar
traje académico; los nuevos estatutos de
1625 seguían las mismas directrices, que
eran confirmadas veinte años después
por Felipe IV.
Estos estatutos cuidaban sobre todo de la provisión
de cátedras, origen de muchos conflictos
entre órdenes religiosas de orientación
escolástica distinta; otro tema, el de la
intervención estudiantil en la votación
de provisión de cátedras, se suprimiría
en 1723.
Zaragoza, como las otras Universidades del país,
irá perdiendo facultades autonómicas
ante la creciente intervención del poder
real. Hubo un magnífico medio siglo inicial
de esta Universidad, al que siguió repentina
decadencia desde 1610, en 1618 surgirán conflictos
con los estudios de los jesuitas, proliferará
la ineptitud de muchos profesores, abundarán
las cátedras vacantes, el Rectorado se convertirá
en prebenda apetecida que monopolizan canónigos
de La Seo, y pese a todo se mantiene fuerte matrícula
estudiantil de aragoneses (los menos, los oscenses,
que tienen Universidad propia), navarros y riojanos.
La nueva dinastía acentuará la uniformidad
universitaria, Felipe V impone la centralización,
reglamenta el acceso a las cátedras, sin
que remedie nada el proyecto del marques de la Ensenada
que inició también una tibia orientación
investigativa, pero Fernando VI interrumpió
tales directrices y Carlos III acentuó la
intervención centralista creando en cada
universidad un delegado del gobierno central, pese
a lo cual Zaragoza aún contaba en 1782 con
dos mil alumnos, aunque en su mayoría de
los llamados "perpetuos", que nunca concluían
sus estudios. En 1807 la Universidad de Zaragoza
no fue suprimida, al igual que otras pocas Universidades,
recibió estatutos ajustados al modelo de
la de Salamanca y se instituyeron cátedras
vitalicias. Durante el segundo asedio de Zaragoza,
el 18 de febrero de 1809 era volado el viejo edificio.
En la primera mitad del XIX la vida lánguida
universitaria refleja los sucesos políticos
de la época y aumenta la centralización
en todos los aspectos. En 1832 se suprimirá
el cargo de canciller, que ejercía en Zaragoza
desde su fundación el arzobispo, aunque con
carácter honorífico, y en 1845 un
nuevo plan de estudios reducía las facultades
zaragozanas a Letras, Derecho y Teología,
esta última suprimida en 1868.
Se acentuó la dependencia respecto de la
autoridad política, de acuerdo con el llamado
modelo "napoleónico", y fuera de
su recinto aparecieron estudios que la Universidad
no contemplaba.
Al llegar el siglo XX, Zaragoza también sintió
la proliferación de nuevos estudios, la difusión
a grandes capas de la población, la pobreza
económica para atender a los estudios experimentales.
Quedaban atrás aquellos dos siglos y medio
de vida autonómica en que Zaragoza supo proporcionar
maestros a las de París y Salamanca, cuando
en sus aulas enseñaban el matemático
Gaspar Lax, el humanista Juan Lorenzo Palmireno,
el jurista José de Sessé, el científico
Pedro Simón, por Zaragoza desfilaron el historiador
Espés, el helenista Lorente, el jurista Portolés,
el canonista Ejea, el médico Royo, el primer
director de la Real Academia de Historia Montiano,
el bibliógrafo Latassa, el geógrafo
Antillón, de sus aulas salían alumnos
singulares como Miguel Servet, Jerónimo Blancas,
el arzobispo Pedro Apaolaza, los hermanos Argensola,
los cronistas Andrés y Sayas, el erudito
viajero Cubero, Blas Antonio Nasarre, el economista
Asso, los estadistas Aliaga, Roda, maques de la
Compuesta y Calomarde. Hasta la reforma unionista
de 1845, ciento veintiocho rectores personalizaron
su historial académico, entre ellos Fraila,
Carrillo, Ramírez, Martel, Azlor y Pignatelli.
En el siglo XX Zaragoza ha seguido con un buen palmarés
universitario, antiguos alumnos suyos han ocupado
numerosas cátedras universitarias del país,
científicos prácticos de primera fila
han fomentado las aplicaciones prácticas
de los estudios a la industria (química,
azucarera, cementos, etc), y de ella han salido
buenos hombres del foro, del humanismo y de las
ciencias médicas.